Enseñar a vivir en cristiano a la nueva generación tecnológica

Por: Juan Carlos Vásconez

Ya no concebimos la vida sin tecnología. Ir por la calle hablando por teléfono, hacer gestiones a distancia, recorrer virtualmente el lugar al que iremos de vacaciones… son pequeñas acciones que poco a poco hemos ido incorporando a nuestra rutina diaria. Los niños y adolescentes no han vivido estos cambios, sino que desde siempre han sido parte de su vida.

Enseñar a vivir cristianamente a las nuevas generaciones es una tarea apasionante y no tan sencilla como parece a primera vista. Consiste en facilitar que los chicos formen criterios verdaderos y firmes, que les ayuden a sortear los engaños y seducciones del consumismo y del libertinaje; es procurar que adquieran hábitos sanos en todos los aspectos de la vida.

Educar cristianamente no es domesticar, sino ayudar a buscar y vivir la verdad y el bien, el amor y la belleza integral: la excelencia. Por lo tanto, sería poco eficaz prohibir simplemente el uso de las tecnologías digitales -la privación no siempre es vía de educación-, por el contrario, resulta mejor aprender a aprovecharlas, sacándoles partido, siguiendo el consejo del Santo Padre Francisco, que dice que comunicar bien puede ayudarnos a «conocernos mejor entre nosotros, a estar más unidos».

El camino adecuado será acompañar a los más jóvenes para que adquieran una conciencia recta, y prepararles para el día a día. Aunque se trate de explicar las razones de todo, a veces habrá pautas, reglas o sugerencias cuyo sentido o utilidad no se entiendan de forma inmediata sino que será necesario el paso del tiempo para deducir los porqués; es la hora de fiarse de los mayores, solo con confianza en sus padres y educadores los chicos aprenderán a desenvolverse con naturalidad y sentido cristiano en todos los ambientes: un chico bien educado off line también se comportará bien en la red.

La labor de educar busca la formación en virtudes, a la vez que siembra criterios de fondo. Sólo de ese modo los chicos podrán llevar una vida buena, ordenando y moderando sus impulsos, controlando sus actos, superando con alegría los obstáculos para buscar y hacer el bien. Es muy conveniente que los padres den ejemplo de cómo integrar los dispositivos a la vida familiar.

La educación no se improvisa, exige tiempo, dedicación y algo de organización. Es mejor diseñarla con paciencia y, como cada persona es diferente, vale la pena pensar cómo llegar a cada chico: qué cosas convienen y qué cosas se pueden evitar, uno de los ámbitos sobre el que se debe reflexionar es, justamente, el uso de la tecnología. Si es en el hogar, aunque la vorágine de las actividades diarias es absorbente y el tiempo en la semana para charlar es poco, será conveniente buscar momentos en que marido y mujer estén solos para hablar sobre cómo ayudar a cada hijo. Si es en la escuela o colegio compensará que el profesor o tutor destine unos momentos para pensar que reglas de uso son las más oportunas.

Resulta capital la educación en las virtudes humanas, sobre la base de una antropología cristiana, de modo que cada persona adquiera la capacidad y los recursos morales necesarios para utilizar las tecnologías digitales de un modo adecuado a su edad y circunstancias. Esto se logra ayudándoles a luchar en cosas concretas a vencerse en pequeñas batallas, a cumplir un horario, a respetar el silencio de los demás, a tener
horas previstas para usar los videojuegos o conectarse a la red.

Tendrán más éxito los consejos que se plantean en este documento si en el ambiente en donde se desenvuelven los chicos se comparten los mismos valores; por lo tanto, resulta fundamental conocer a los padres de los amigos de los hijos e intercambiar criterios de manera que todos luchen por ser virtuosos y tengan pautas claras de cómo hacerlo.

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