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Transmitir confianza para tener hijos líderes

Por: Identitas

Minutos antes de ser asesinado Maximiliano Kolbe en Auschwitz, cuando entregaba su vida a cambio de la liberación de la pena capital a un padre de familia, exclamó: “solo el amor crea”. Es que solo el amor es capaz de modelar, de una manera extraordinaria, todas las obras que realizamos.

Educar es amar, es crear en el amor y desde el amor, validar a las personas, poder mirar a los ojos de un hijo y decirle desde el fondo del corazón: “es maravilloso que existas”. Nuestra actitud interior, a la hora de educar, transciende al exterior a través de gestos, de palabras, de miradas o de una simple sonrisa y nuestros hijos lo captan y les afecta con más profundidad que nuestras palabras. Educar es amar y amar es sonreír ante alguien que es carne de nuestra carne y razón de nuestra existencia; es darle valor ante cada uno de nosotros, padres y educadores. Al contrario, el desamor mata nuestra sonrisa y genera tristeza en quién nos mira.

Nos gustaría soñar con unos hijos que llegaran a ser buenas personas, líderes en una sociedad que se consume a sí misma en el materialismo y en el egoísmo existencial. Ese gran sueño, legítimo sueño paternal, debe arrancar de unas coordenadas de virtud y de libertad en el propio hogar. Tenemos demasiadas cosas en nuestras manos y en nuestro poder, es decir, contemplamos a nuestro alrededor un exacerbado amor a tener, algo que debilita y empequeñece la libertad de decisión y de querer, en nosotros y en nuestros hijos. Realidad que hace que el amor a ser más y mejor se desvanezca, porque no tiene donde alimentase.

En la singularidad de la persona, el yo crece. Solo en la virtud de la templanza el yo maduro, equilibrado y responsable puede brotar y crecer. El niño es libre cuando es señor de su vida, cuando se le enseña a autodominarse a sentirse libre sin hilos y sin ataduras que le impidan volar. Favorecer el crecimiento de querer ser mejor y no el de querer tener más, les da a los hijos un dominio liberador, un sentimiento real de ser libre, de volar, de alcanzar una mayor calidad de vida sana, sin ser esclavos del capricho y sin apoyar su valía en lo que tienen. Solo así podrán poseer con virtud y serán felices.

Crear un líder es educar un hijo en la libertad de amar y de ser. Para ello necesita conocerse muy bien.

La educación primaria es una etapa preciosa para sembrar esas bases de virtud donde se pueda apoyar el bien que después querrán elegir. Eso implica que aprenderán de sus errores, porque los acompañaremos, descubrirán que pueden rectificar el rumbo equivocado en una decisión, porque les mostraremos dónde está la verdad y la realidad, les haremos ver que todo el mundo tiene defectos como ellos los tienen, se sentirán amados por sus padres porque sabremos tratarlos y quererlos como hijos irrepetibles en el hogar.

El líder cree en su propia valía personal, tiene confianza en sí mismo porque los padres confían en ellos y con esa confianza impacta positivamente en su entorno más cercano. Cualquier ser humano, si no recibe confianza, no puede confiar ni en sí mismo ni en los demás. Si los hijos no cuentan con alguien que les diga que son capaces de hacer el bien, de ser grandes, de tener virtud, no pueden conseguir nada. La confianza proviene de la paternidad; solamente el padre o la madre que anima a sus hijos con frases como: “¡Adelante, tú puedes, la próxima vez saldrá mejor, me alegra que lo estén intentando, estoy orgullosa de ti, eres buena y verás que puedes lograrlo, etc.!”…conseguirá que el hijo crezca en su confianza y en su autoestima y que se esfuerce en sacar lo mejor de sí mismo, su mejor versión. Se querrá, se aceptará tal y como es y así, queriéndose a sí mismo, descubrirá que puede luchar por mejorar cada día. Será un gran líder. Sonreirá feliz.

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