La saludable higiene

Por: Luis Gutiérrez de Cabiedes

¿Por qué ya no se cuida?

Se llaman Arturo y Jorge. Tienen 16 y 14 años respectivamente y asisten a un colegio privado del norte de la ciudad en el que el nivel social de los alumnos es significativamente alto. Viven en un chalet con piscina y jardín privados, y sus teléfonos móviles harían la delicia de cualquier caco. El uniforme de la escuela incluye corbata azul con franjas verdes y americana, pantalón gris y mocasín negro. Cada mañana me encuentro con ellos en la parada del autobús escolar que estaciona en la misma marquesina en la que yo subo al transporte público.

Curiosamente, la indumentaria de los dos escolares no coincide con el aseo personal que cabría esperar de ellos. Llevan a diario el pelo revuelto, los ojos legañosos, y un aspecto de no haber sido capaces de intercalar una ducha entre el acto de quitarse el pijama y ponerse la ropa escolar. Toda la estampa llama poderosamente la atención. Incluso, sería capaz de apostar a que, el sueño les atropelló la noche anterior mientras consumían capítulos de su serie de televisión favorita en la pantalla de plasma de su alcoba tumbados sobre la cama. Y que quizá, por eso, el uniforme no cedió su sitio al pijama durante la oscura madrugada, y los interfectos están repitiendo indumentaria por segundo día consecutivo.

Y, aunque cabría pensar que el caso de estos dos muchachos es extraño, por desgracia, constituye un problema común entre los adolescentes. Porque muchos padres, extenuados de enseñarles durante la infancia las reglas más elementales de la higiene, han tirado ya la toalla -nunca mejor dicho- ante el desarreglo de sus hijos. O, porque la empleada doméstica que les bañaba y peinaba por la noche cuando eran pequeños, no tiene -gracias a Dios- sitio en el proceso de aseo de los muchachos. Así, unos y otros progenitores se preguntan en mayor o menor medida, qué ha fallado en la educación de sus hijos para que se haya llegado a esta situación.

La pereza, la desgana, y la falta de orden

No se dan cuenta los padres, de que los fundamentos educativos no conscientes que implican la repetición de actos de higiene durante la infancia exigen una maduración en el tránsito hacia la etapa adulta. Los adolescentes se enfrentan durante algunos años a un tiempo que exige sacar adelante, mediante el esfuerzo personal apoyado en razones interiorizadas y aceptadas, el deber impuesto durante la infancia. Porque, si no, las rutinas que se siguieron durante los primeros años de vida guiadas por los padres se desmoronan más tarde como un castillo de naipes.
Además, el espíritu de la transgresión está siempre presente en mayor o menor grado en el ánimo de los jóvenes. Es un tiempo de experimentación, de búsqueda de la propia identidad, de forzar los límites de lo aceptable y de lo permitido, de excusarse con sorna preguntando: ¿para qué ducharme esta mañana, si ya me duché ayer?

A esto se une la capacidad de mirar hacia otro lado, de poner aparte las cosas que cuestan y suponen esfuerzo que se instala en la voluntad cuando empieza la pubertad. El cumplimiento de los deberes básicos entra a diario en contradicción con la gran cantidad de energía que consumen los jóvenes en sus choques emocionales. Los sueños y fantasías, que poco tienen que ver con lo real, les dejan casi exhaustos para llevar a cabo sus tareas de cuidado del propio cuerpo como pueden ser la alimentación equilibrada, el aseo, o la limpieza de la ropa. La higiene puede llegar a convertirse para ellos en una simple manía que tienen sus padres, de la que hablarán en tono de broma entre los amigos.

Metas concretas con razones específicas

Los padres no pueden echarse a un lado bajo la excusa de que “ya es mayorcito”, “ya sabe lo que tiene que hacer” o “ya le enseñará la vida”. Los hábitos que adquiera ahora, de forma consciente se instalarán en su vida con una fuerza. Hay que marcarle metas concretas -la ducha por la mañana, el cepillado de los dientes cortarse la uñas, cepillarse el cabello y recogerlo si es largo, etc.- y explicarle por qué es importante para ellos mismos cuidar del cuerpo que les albergará a lo largo de toda su vida. Con un mensaje optimista, alegre y deportivo, adquirirán de nuevo esos hábitos, con una diferencia fundamental con respecto a la primera vez: ahora serán plenamente suyos y, en poco tiempo, no sabrán vivir sin ellos.

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