Emprender el camino justo

“La vida es bella, y no hemos nacido para estar bien sino para amar, y quien lo hace, quien se abre a amar, emprende el camino justo” (Fabio Rosini en “El arte de recomenzar”).

Esta impresionante afirmación de Fabio Rosini nos abre un nuevo horizonte a la hora de educar. Necesitamos un cambio en nuestros puntos de vista, salir de una visión exclusivamente técnica -enseñar a hacer cosas, transmitir conocimientos- para acompañar a nuestros hijos y alumnos en su crecimiento, enseñándoles esta verdad tan importante: crecer es tener más oportunidades de dar, a ellos mismos y a los demás, la mejor versión de su persona.

A Juanjo Javaloyes le gustaba contar un milagro del padre Pío, que tiene a un niño como protagonista. Narra así: “Giovanna Vinci es una hija espiritual del capuchino que estuvo allí y lo vio todo con sus propios ojos en 1965. Mientras pasaba las cuentas del Rosario en la Iglesia de San Giovanni Rotondo, acompañada de otras devotas mujeres, observó a un niño de diez años entrar solo en el templo; sus padres debían de aguardarle fuera. La madre, enferma de cáncer, había implorado al marido, agnóstico, que la condujese hasta allí: «¡Llévame a ver a ese fraile!», le rogó, aferrándose a su última esperanza. El hombre, reacio al principio, accedió finalmente con una condición: «Está bien, iremos, pero yo me quedaré en la puerta». Recién llegado de Ferrara, la ciudad amurallada a orillas del Po, el matrimonio se encaminó con el pequeño hasta la iglesia donde un grupo de mujeres entonaban Avemarías sin desfallecer. Giovanna Vinci era una de ellas: «Rezábamos el Rosario horas enteras que nunca se me hacían pesadas», evocaba, al cabo de más de cuarenta años, durante nuestra entrevista en Roma. Pese al tiempo transcurrido, Gianna Vinci revivió conmigo la escena tanto o más conmovida que entonces: «Vimos entrar al niño y dirigirse al confesonario del Padre Pío, que le había llamado para decirle: ¡Sal fuera y avisa a tu padre! El crío obedeció. Instantes después observamos al padre irrumpir llorando y postrarse en el suelo de la iglesia. Enseguida comprendimos que algo extraordinario acababa de suceder. El niño le había dicho a la puerta de la Iglesia: “¡Papá, te llama el Padre Pío!” Pero resulta que el chiquillo, hasta ese mismo instante… ¡era sordomudo!». Gianna Vinci guardó silencio con una sonrisa casi celestial antes de añadir, maravillada: «El padre se deslizó de rodillas por el suelo, exclamando que su hijo oía y hablaba… y que su mujer se había curado del cáncer al instante» (Diario La Razón).

Hay milagros, pequeños y grandes, cada día; pero también experimentamos cada día a nuestro alrededor como se niega la trascendencia y la religión, creando una sociedad llena de sucedáneos que se acaban y que no dan la felicidad.

Muchos niños se desarrollan en un mundo pequeño, solitario e incomunicado, muy parecido al de nuestro pequeño sordomudo. Vivimos con la tentación de condenar a nuestros hijos a vivir encerrados en su propio pensamiento, sin abrirse a lo desconocido, al misterio o la aventura, quedándose en las puertas de lo espiritual, pensando que son dioses, creadores de la ciencia, con todo bajo control.

Los niños creen; para ellos creer es fácil. Dios les otorga una sencillez en la cual, la fe y la virtud pueden campar a sus anchas. Necesitan ser educados en ese don gratuito de la fe que lleva a la virtud, a las buenas obras y a descubrir que, si crece en cada uno de ellos la capacidad de amar, crece al mismo tiempo la capacidad de sufrir por los que amamos, sin que eso nos impida ser felices. El amor es el gran misterio de la vida.

Los niños entre 6 y 12 años son tierra fértil. Conociendo la sensibilidad de cada uno de ellos, y sabiendo que la libertad es una realidad en la persona que no puedo olvidar, tenemos la grata responsabilidad de educar su fe, su virtud, su crecimiento interior, su capacidad de amar y de sufrir, su don de servir a los demás. Solo este camino los lleva a la verdadera felicidad. La libertad es ese don del amor que los lleva a mover su voluntad hacia el bien que les muestra su inteligencia…y este gran don, no se improvisa. Cuando los niños optan por elegir el bien se encuentran con Dios, la fe la que crece en ellos.

El edificio de la vida espiritual se levanta en los aspectos más humanos. Si queremos hijos, alumnos, niños íntegros, necesitamos educar la inteligencia mostrándoles el bien, la voluntad haciéndolos más sanos y fuertes, esa conciencia para que sepan discernir lo que les hace felices y libres de lo que les hace esclavos de sí mismos.

Lo que de verdad importa no es solo la teoría aprendida, sino la vivencia experimentada en el esfuerzo diario de ser buena persona y de hacer el bien. Ahí está la práctica diaria de la fe y de la felicidad. “Luchar, por amor, hasta el último instante” (San Josemaría).

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