El dilema de las redes sociales y la educación

Según el documental de Netflix, El dilema de las redes sociales, podríamos hacernos una idea sumamente negativa sobre las intenciones detrás de las grandes corporaciones que diseñan y explotan comercialmente estas plataformas. Basado en testimonios de ex-colaboradores de gigantes de la tecnología de Silicon Valley como Facebook, Instagram, Twitter y Youtube, este documental habla de muchos impactos negativos que las redes tienen en sus usuarios, algunas de las prácticas denunciadas son:

  • Fomentar la adicción
  • Manipular emociones y comportamientos
  • Generar estrategias para captar la atención mediante herramientas diseñadas para engancharnos
  • Mantener a los usuarios conectados a las pantallas a toda costa para obtener la mayor cantidad de información, cifras y datos personales que luego serán usadas para fines comerciales por otras empresas.

El documental afirma que mercantilizar a las personas, volviéndolas productos trae consecuencias psicosociales de gran repercusión como el atrofiar la capacidad de las personas para afrontar situaciones difíciles. Las redes sociales son chupos digitales que dan consuelos, falsas recompensas a los usuarios, aumento de los casos de depresión, ansiedad y suicidios de niños en edad escolar y jóvenes.

Considerando lo anterior, vale la pena hacernos algunos planteamientos y reflexiones que nos ayuden a no rotular irresponsablemente a las redes sociales como algo intrínsecamente malo.

Es claro que las redes sociales son un negocio y como todo negocio partieron de alguna necesidad que tiene el ser humano, probablemente su necesidad de interactuar, relacionarse y asociarse para finalidades específicas. No intento ser un defensor acérrimo de estas herramientas, solo trato de tener un balance y sobre todo establecer un juicio justo en algo tan sensible, controvertido, pero a su vez popular, que ha marcado tendencias, sobre todo a varias generaciones que las usan.

Considero que, como toda invención humana, las redes sociales, suplen una necesidad, es decir, en teoría estarían al servicio del hombre, de su progreso, productividad, bienestar y realización. Deberían estos avances de la tecnología hacer que el hombre socialice, interactúe, esté informado, haga networking, trabaje más fácil, encuentre familiares lejanos, explore otras culturas, estreche lazos con otros humanos, y porque no, conseguir buenos amigos y hasta incluso encontrar el amor de su vida.

Sin embargo, sabemos de las limitaciones que tenemos, lo difícil que es para nosotros autorregularnos, muchas veces actuamos de manera impulsiva, egoísta, nos dejamos llevar por la vanidad, las ansias de poder, seguimos sin templanza nuestras pasiones con el afán de satisfacer necesidades inmediatas, superfluas, materiales, nos seduce lo fácil y lo que no requiere mucho esfuerzo o dedicación. Nos inclinamos por evitar el sacrificio, el dolor o las situaciones adversas, las cuales son también parte de la vida. Usamos vías de escape de la realidad como medidas para establecer paliativos rápidos que nos den alivio, sin tener que profundizar en nuestro interior, porque tenemos miedo a lo que podamos encontrar y mucho más a las soluciones, porque muchas veces implican cambios de vida, adquirir hábitos, modificar conductas y comprometernos con algo o alguien.

Creo que las redes sociales no son malas, nosotros le damos mal uso. También hay que analizar la rectitud de intención de las grandes compañías propietarias de estas plataformas, que están compuestas por personas no exentas de caer también en vicios, objetivos desproporcionados y propósitos que pueden ser muy beneficiosos para sus arcas, pero destructivos para los demás. Es común que los directivos de las grandes organizaciones a nivel mundial, buscando más poder y reconocimiento, caigan en carreras de crecimiento captando mercado por encima de todo y de todos.

Hasta ahora veo dos caras del problema, pero creo que debemos decir – ¡basta de análisis parálisis! – que nos llevan a sobre diagnosticar las cosas. Debemos actuar para contrarrestar esto, siempre tendremos el dilema de qué uso daremos a nuestra libertad, por esto la educación en y para la libertad es tan importante.

Nos educamos para saber tomar decisiones y responsabilizarnos de las consecuencias de estas. Nos educamos para tener criterio y discernir qué camino tomaremos en la vida. Si las redes sociales compiten por nuestra atención y tiempo, ¿contra qué o quién están compitiendo? Se me vienen a la cabeza varios de estos competidores, el tiempo que compartimos con nuestra familia o amigos, y me refiero a tiempo presencial, conversando, tratándonos y mirándonos a los ojos. Compiten las redes contra el tiempo que dedicamos a nuestros estudios o trabajos, al que invertimos en hacer deporte, leer, cocinar o hacer labor social. En fin, seguramente la lista puede crecer exponencialmente.

En lo personal, me parece que un buen antídoto, para el efecto placebo de felicidad y bienestar que nos puede dar el pasar horas y horas mirando el celular, los “likes” que nos dan, las vidas estereotipadas y muchas veces maquilladas de los demás o simplemente algunos memes descalificadores, puede ser definir lo importante en nuestras vidas, los roles que desempeñamos y en los que, si somos efectivos, tendremos un camino ganado hacia la realización personal.

Descubrir nuestra misión personal y trazar un plan hacia su cumplimiento implica si o si saber distribuir el tiempo de manera armónica y balanceada. Dedicar acciones para desarrollarnos en todas nuestras dimensiones (física, espiritual, afectiva y volitiva) requiere planear bien nuestra semana, tener orden, disciplina, pero sobre todo, la voluntad firme de ser cada vez mejores para servir más y mejor a los demás. Vivir las virtudes ayuda al fortalecimiento de nuestro carácter, esta puede ser una receta médica para el dilema de las redes sociales.

Juan Manuel Diago Gutiérrez
Rector Aspaen Gimnasio Cartagena

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